miércoles, 26 de diciembre de 2018

Sobre el comienzo de una guerra

Pusimos en evidencia ese instinto tan humano de venganza. Y lo hicimos casi sin dudar.

Habíamos construído una formidable choza en la frontera norte del barrio; nos había llevado varias siestas concluirla y era un proyecto que nos daba orgullo, nos unía y, sobre todo, nos entretenía idear recovecos, métodos de escape, posiciones de vigilancia, rincones secretos para almacenar pequeños tesoros. Pero un día, seguramente caluroso, llegamos al fuerte para descubrir que había sido invadido, desmantelado y saqueado. La decepción fue grande y se sintió una injusticia que nos hervía la sangre.
Nos sentamos entre los escombros de ramas y cascotes debatiendo sobre quién o quienes podrían ser los responsables de semejante acto de guerra. Claudio, el cartógrafo del grupo que conocía todas las calles y a la mayoría de los habitantes del barrio, no lo dudó:

- Fueron los del Bancario – dijo -

El Bancario: Una zona hostil, otra patria. Habitada por personas con un sentido de pertenencia agudo, celosa de sus territorios y desconfiada de los forasteros. Era un barrio más nuevo que el nuestro, más denso y hermético.

- Si, fueron ellos. - dijo César, nuestro bérseker al que todos temían su furia, incluso nosotros-
- Sé que tienen su propia choza, está en el baldío, entre nuestro barrio y el de ellos – dijo Agustín, nuestro escurridizo estratega que apretó sus puños-
- Ya está, no se discute más. Se la hacemos mierda. - Claudio se levantó y tomó una rama-
El resto lo imitó.

Paso a relatar, según los archivos de mi memoria, lo sucedido en esa incursión a la hora de la siesta. Yo iba por detrás del grupo, sin disimular mi condición de cobarde diplomático.

- ¿Están seguros, che? - dije intentando igualar la marcha -
- Obvio, ellos se lo buscaron – afirmó Guille, hermano mayor de Agustín, quien era un bardo con mucha iniciativa al diálogo pero que ese día había abandonado la idea de cualquier tratado de paz -
Nos detuvimos en una esquina del baldío, agachados intentando localizar al enemigo.
- Allá, – señaló Agustín – frente a la escuela.
Entre yuyos y claros de tierra agrietada apenas se dejaba ver: Un pequeño montículo de chapas y ramas.
- ¿Esa es? ¿Tan chica? Una cagada – dijo César -
- OK, vamos, parece que no hay nadie – Guille avanzó y lo seguimos detrás -
Fuimos avanzando poco a poco, vigilando la vanguardia y más precisamente en dirección al Bancario.
- Forros, hicieron esta choza prácticamente en nuestro barrio – afirmó Agustín susurrando -
Guardamos silencio al llegar, esperando oír alguna voz dentro pero todo estaba en silencio. Noté que el puesto de avanzada era chato y me lo imaginé incómodo por dentro. Eso fue hasta que Agustín levantó una chapa y entró.

- Wow – dijo, y con eso nos metimos todos adentro -

¡Era un búnker! Habían excavado por lo menos metro y medio y dentro había chucherías y herramientas. También algunas armas como ramas de gran calibre, cascotes de fragmentación y algo muy preciado que no dudamos en saquear: ¡explosivos! Petardos de estruendo nuevos. Estaban muy confiados en que nadie excepto ellos ingresarían al búnker, porque dejar semejante tesoro sin vigilancia era algo muy jugado.
Nos sentamos unos minutos, admirando con cierta celosía el ingenio bancario. Habían tallado en las paredes de tierra firme unos estantes y pequeños espacios de almacenamiento. Quizá fueron esos los tiempos en donde Agustín se inspiró para luego, muchos años adelante, convertirse en el arquitecto que es hoy.

- ¿Qué vamos a hacer? - pregunté mientras vigilaba por una rendija -
Hubo unos segundos de silencio. Guille lo rompió.
- Sería una lástima destruirlo todo. ¿Y si nos la quedamos?
- No, ellos hicieron bosta la nuestra. Que se vayan a la mierda.

Diciendo esto, Claudio se levantó y sistemáticamente empezó a tirar y destruir los estantes de tierra con un palo. César salió afuera y empezó a desmantelar el techo de chapa. Agustín a patear trastos, Guille a revolear lo que se le cruce y yo… hacía de campana.
Cuando la venganza estuvo concretada nos retiramos, riéndonos y repasando cada acción realizada.
A la siesta siguiente decidimos encarar la reconstrucción de nuestra querida choza original, aplicando algunos diseños que vimos en el búnker bancario. Inevitablemente pasábamos cerca del territorio del búnker. Estábamos enfrascados en nuestros planes para la nueva construcción hasta que un grito nos interrumpió.

- ¡Hey! ¡Ustedes!

Nos dimos vuelta hacia el baldío y ahí estaban: Un caudillo y sus tropas detrás. Bancarios, sin dudas. César se puso al frente, lo siguió su primo por detrás. Las cosas se iban a poner feas.

- ¿Ustedes nos rompieron la choza? - gritó el caudillo con un nombre gringo que no recuerdo, señalando las ruinas con un dedo acusador y en la otra mano un cascote -
- Si, fuimos nosotros. ¿Algún problema? Ustedes destruyeron la nuestra – dijo con la calma que precede a la tormenta bérseker nuestro amigo César -
- Estaba en nuestro territorio. Todo esto es del Bancario – se excuso el aparente líder bancario-
- Podríamos decir lo mismo nosotros – dijo Guille cruzándose de brazos -
Los soldados bancarienses fueron avanzando lentamente, muchos de ellos agarrando piedras en el camino. Los hermanos Agustín y Guille manotearon sus piedras. Claudio hizo lo mismo y a mí se me erizó la piel. “Carajo”, pensé.

Todo se estaba por ir al demonio en una proporción en donde seguramente algo de sangre correría. Y esto iba a significar unas penitencias extraordinariamente duras de parte de padres y definitivamente una enemistad eterna, sin posibilidades de tratados de cese al fuego ni nada parecido. Se avecinaba una guerra, una intolerancia tal entre los habitantes de nuestros barrios que solo el hecho de cruzarnos por casualidad en algún otro punto de la ciudad significaría miradas furtivas de odio, promesas de escarmiento, trompadas sin piedad, insultos de máxima jerarquía o todo eso junto.

La guerra estaba por comenzar con la primera de varias batallas. Ese día fue conocido como “El día que llovieron piedras”. Y ese registro es para otro día.

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