Pusimos en evidencia ese instinto tan humano de venganza. Y lo
hicimos casi sin dudar.
Habíamos construído una formidable choza en la frontera norte del
barrio; nos había llevado varias siestas concluirla y era un
proyecto que nos daba orgullo, nos unía y, sobre todo, nos
entretenía idear recovecos, métodos de escape, posiciones de
vigilancia, rincones secretos para almacenar pequeños tesoros. Pero
un día, seguramente caluroso, llegamos al fuerte para descubrir que
había sido invadido, desmantelado y saqueado. La decepción fue
grande y se sintió una injusticia que nos hervía la sangre.
Nos sentamos entre los escombros de ramas y cascotes debatiendo sobre
quién o quienes podrían ser los responsables de semejante acto de
guerra. Claudio, el cartógrafo del grupo que conocía todas las
calles y a la mayoría de los habitantes del barrio, no lo dudó:
- Fueron los del Bancario – dijo -
El Bancario: Una zona hostil, otra patria. Habitada por personas con
un sentido de pertenencia agudo, celosa de sus territorios y
desconfiada de los forasteros. Era un barrio más nuevo que el
nuestro, más denso y hermético.
- Si, fueron ellos. - dijo César, nuestro bérseker al que todos
temían su furia, incluso nosotros-
- Sé que tienen su propia choza, está en el baldío, entre nuestro
barrio y el de ellos – dijo Agustín, nuestro escurridizo estratega
que apretó sus puños-
- Ya está, no se discute más. Se la hacemos mierda. - Claudio se
levantó y tomó una rama-
El
resto lo imitó.
Paso a relatar, según los archivos de mi memoria, lo sucedido en esa
incursión a la hora de la siesta. Yo iba por detrás del grupo, sin
disimular mi condición de cobarde diplomático.
- ¿Están seguros, che? - dije
intentando igualar la marcha -
- Obvio, ellos se lo buscaron –
afirmó Guille, hermano mayor de Agustín, quien era un bardo con
mucha iniciativa al diálogo pero que ese día había abandonado la
idea de cualquier tratado de paz -
Nos detuvimos en una esquina del
baldío, agachados intentando localizar al enemigo.
- Allá, – señaló Agustín –
frente a la escuela.
Entre yuyos y claros de tierra
agrietada apenas se dejaba ver: Un pequeño montículo de chapas y
ramas.
- ¿Esa es? ¿Tan chica? Una
cagada – dijo César -
- OK, vamos, parece que no hay
nadie – Guille avanzó y lo seguimos detrás -
Fuimos avanzando poco a poco,
vigilando la vanguardia y más precisamente en dirección al
Bancario.
- Forros, hicieron esta choza prácticamente en nuestro barrio – afirmó Agustín susurrando -
Guardamos silencio al llegar,
esperando oír alguna voz dentro pero todo estaba en silencio. Noté
que el puesto de avanzada era chato y me lo imaginé incómodo por
dentro. Eso fue hasta que Agustín levantó una chapa y entró.
- Wow – dijo, y con eso nos
metimos todos adentro -
¡Era un búnker! Habían
excavado por lo menos metro y medio y dentro había chucherías y
herramientas. También algunas armas como ramas de gran calibre,
cascotes de fragmentación y algo muy preciado que no dudamos en
saquear: ¡explosivos! Petardos de estruendo nuevos. Estaban muy
confiados en que nadie excepto ellos ingresarían al búnker, porque
dejar semejante tesoro sin vigilancia era algo muy jugado.
Nos sentamos unos minutos,
admirando con cierta celosía el ingenio bancario. Habían tallado en
las paredes de tierra firme unos estantes y pequeños espacios de
almacenamiento. Quizá fueron esos los tiempos en donde Agustín se
inspiró para luego, muchos años adelante, convertirse en el
arquitecto que es hoy.
- ¿Qué vamos a hacer? -
pregunté mientras vigilaba por una rendija -
Hubo unos segundos de silencio.
Guille lo rompió.
- Sería una lástima destruirlo
todo. ¿Y si nos la quedamos?
- No, ellos hicieron bosta la
nuestra. Que se vayan a la mierda.
Diciendo esto, Claudio se levantó
y sistemáticamente empezó a tirar y destruir los estantes de tierra
con un palo. César salió afuera y empezó a desmantelar el techo de
chapa. Agustín a patear trastos, Guille a revolear lo que se le
cruce y yo… hacía de campana.
Cuando la venganza estuvo
concretada nos retiramos, riéndonos y repasando cada acción
realizada.
A la siesta siguiente decidimos
encarar la reconstrucción de nuestra querida choza original,
aplicando algunos diseños que vimos en el búnker bancario.
Inevitablemente pasábamos cerca del territorio del búnker.
Estábamos enfrascados en nuestros planes para la nueva construcción
hasta que un grito nos interrumpió.
- ¡Hey! ¡Ustedes!
Nos dimos vuelta hacia el baldío
y ahí estaban: Un caudillo y sus tropas detrás. Bancarios, sin
dudas. César se puso al frente, lo siguió su primo por detrás. Las
cosas se iban a poner feas.
- ¿Ustedes nos rompieron la
choza? - gritó el caudillo con un nombre gringo que no recuerdo,
señalando las ruinas con un dedo acusador y en la otra mano un
cascote -
- Si, fuimos nosotros. ¿Algún
problema? Ustedes destruyeron la nuestra – dijo con la calma que
precede a la tormenta bérseker nuestro amigo César -
- Estaba en nuestro territorio.
Todo esto es del Bancario – se excuso el aparente líder bancario-
- Podríamos decir lo mismo
nosotros – dijo Guille cruzándose de brazos -
Los soldados bancarienses fueron
avanzando lentamente, muchos de ellos agarrando piedras en el camino.
Los hermanos Agustín y Guille manotearon sus piedras. Claudio hizo
lo mismo y a mí se me erizó la piel. “Carajo”, pensé.
Todo se estaba por ir al demonio
en una proporción en donde seguramente algo de sangre correría. Y
esto iba a significar unas penitencias extraordinariamente duras de
parte de padres y definitivamente una enemistad eterna, sin
posibilidades de tratados de cese al fuego ni nada parecido. Se
avecinaba una guerra, una intolerancia tal entre los habitantes de
nuestros barrios que solo el hecho de cruzarnos por casualidad en
algún otro punto de la ciudad significaría miradas furtivas de
odio, promesas de escarmiento, trompadas sin piedad, insultos de
máxima jerarquía o todo eso junto.
La
guerra estaba por comenzar con la primera de varias batallas. Ese día
fue conocido como “El día que llovieron piedras”. Y ese registro
es para otro día.
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