domingo, 30 de diciembre de 2018

El acróbata

Existe en el barrio una estructura que supera en altura a los monoblocks. Se alza atento y vigilante en la esquina de Milanesio y Contín, frente a la plaza, y es tan viejo como el barrio mismo. Es una central de bombeo de agua potable que provee al AMEL pero es mejor conocida por todos como “El Tanque”.

Fue otro centro de actividades a la hora de la siesta. Sin embargo El Tanque suponía unos juegos arriesgados de equilibrio y demostraciones de habilidad; era como un circo cilíndrico donde ocurrieron hazañas que quitaban el aliento, reuniones secretas y algunas peleas con vecinos adultos. Con los muchachos subíamos esos escalones hacía la infranqueable puerta de hierro que salvaguardaba a una bomba zumbante dentro. En lo personal jamás pude ver lo que había ahí, estaba muy oscuro, y eso hacía que mi imaginación se tome la libertad de crear un espacio absurdo donde estaba incluído un ermitaño mudo y ciego, guardián del sagrado motor bombeador.

Al subir la entrada de peldaños de cemento nos movíamos hacia los escuetos bordes de la gran atalaya de hormigón. Teníamos que estar bien pegados a las paredes porque el abismo de dos metros al suelo podía ser mortal. La prueba inicial, que era una especie de “saludo al Tanque”, era darle toda la vuelta partiendo hacia la derecha, agarrándose de los fierros de la escalera que iba hacia la cumbre.

Ah, si, la escalera. Siempre la observábamos maravillados pero con un profundo respeto. Estaba ahí, siempre tentándonos a arrancar la escalada hacia las nubes… pero un temor racional nos impedía el ascenso. La escalera tenía una jaula que acompañaba todo el trayecto, pero realmente no significaba un artilugio a la seguridad, creo que solamente, en una eventual caída, nos transformaría en una pelotita de pinball que rebotaría en cada fierro hasta estampillarse en el suelo hecho un muñeco de trapo.

Un día pasó algo extraordinario. Un forastero fue el primer y único muchacho con la valentía suficiente como para subir la escalera. Estábamos reunidos en la plaza, quizá luego de jugar al rugby o a la pelea o a un béisbol sin reglas claras, y este muchacho estaba ahí junto a otros amigos de él. En comparación a los del Bancario, nosotros sí le dábamos la bienvenida a gentes de otros países lejanos.

- Che, ¿sabían que Maxi puede subir hasta arriba del Tanque? - nos dijo Claudio cuando nuestro grupo y el visitante se arrimaron -
- ¿De verdad? - varios al unísono le consultamos asombrados a Maxi -
- Si, de una – nos dijo él sin mirarnos, sacando un encendedor del bolsillo y prendiéndose un pucho a pesar de que rondaba nuestra edad -

El sujeto fue de esos que demostraban una rudeza palpable, una curtiembre y gallardía admirables en esa época, era como un Martín Fierro púber. Pero no usaba su comportamiento como el típico bravucón o abusador sin cerebro, sino que el pibe era simpático, compañero y hasta solidario. Él y sus amigos orgullosos venían del Guido, un barrio humilde muy cerca del nuestro.

- ¿Quieren que les muestre? - nos preguntó, soplando el humo -

De verdad es que queríamos ver la hazaña, pero no queríamos que se matase intentándolo. No dijimos nada. Los alfiles, es decir sus fieles amigos, fueron los que lo animaron a que lo haga una vez más (al parecer), casi como para dar una muestra de la sangre intrépida e impulsiva de los del Guido. Maxi dio una pitada más, lanzó el humo, dejó caer el cigarrillo y lo pisó. Empezó a caminar derecho hacia la gran atalaya, como si fuera a un kiosco a comprar un juguito congelado.

Ya nos quedamos sin aire al observarlo subir por la escalera de fierro vertical. “Se va a matar y lo vamos a ver”. Ya empezaba a imaginar el alboroto y el drama de una posible tragedia, nunca pude evitar anticiparme a casi todo. El tipo llegó hasta un nivel antes de la cima que eran unas especies de vigas que rodeaban el círculo del tanque que se unían con las columnas. Ahí realizó su primer acto: Moverse, ¡casi corriendo!, por esas vigas. No tenía sentido del vértigo en absoluto. Sin darnos cuenta nos cubrimos las bocas y nos agarrábamos los pelos. Luego de un par de vueltas en ese frenético circuito, Maxi subió hacia la cima, se sentó en el borde y nos saludó.

- Es un hijo de puta.
- Zarpado.
- ¿Cómo hace?

Nos escuchamos decir sin apartar la mirada de la punta del tanque.

Las actuaciones de Maxi continuaron por el barrio y creo que terminaron cuando se rompió el brazo en uno de sus actos: Se subió al travesaño de las hamacas y caminó hasta que un resbalón le provocó una precipitada caída hacia el suelo de piedritas. Estoy seguro que fue capaz de hacer eso sin caerse en algún intento anterior, siempre daba la impresión de que ensayaba antes, su seguridad daba pie a ese pensamiento. Pero quién sabe.

No volvimos a ver al acróbata desde entonces y luego de tremenda demostración de huevos bien puestos el Tanque no parecía tan alto como antes.

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