viernes, 14 de agosto de 2020

Las Grutas

Te digo la verdad: Hoy prefiero ir a La Boca. Se ha transformado en un santuario casi virgen, a pesar de que va mucha gente. Pero es que su enormidad nos hace tan chiquitos, cabeza…

Pero si, en aquellas épocas Las Grutas era como ir a una playa brasilera o hawaiana. Podíamos barrenar olas más amables, estaban las grutas propiamente dichas, esas enormes piedras que eran como corales varados en la playa y con un submundo tan vivo y minúsculo. La peatonal con olor a fritanga, pochoclos acaramelados y sahumerios de los feriantes, donde todos caminábamos bañaditos y más o menos bien vestidos; porque era salir a pasear, ver artesanías, comprar poco y ver gente. Se oían acentos cordobeses y se evidenciaba mirtaslegranes de nariz parada.

La playa, en aquellas épocas, se llenaba pero no tanto como ahora que es un hormiguero. ¡Te juro, boludo, que hoy hasta las calles cambiaron de sentido! Y donde había campito, ahora hay complejos de departamentos. En fin, los vendedores en la arena cantaban su venta, a veces chistando a los veraneantes con gritos pelados justo al ladito. Los que más recuerdo con cariño eran a los pulperos que se paseaban con sus baldes de obra (otrora tarros grandes de pintura o enduído). Y quisiera saber su nombre para citarlo, pero nunca lo supe: Uno de los pulperos más llamativos fue un viejito con la piel tatuada por el sol que caminaba firme por la arena ardiente como si tuviera un pibe. Me acuerdo que les gritaba al oído a alguna víctima: ¡HAAAAAY PULPITOS!

Soda Stereo quedó echa memoria de esos lugares. Fui invitado por mis hermanos Montes varios veranos y en algunas oportunidades eramos varios amiguitos en el mismo departamento. Sonaban los discos del primer último concierto de Soda y hoy día esos álbumes son Las Grutas, ese living con el silloncito petiso blanco, aquella pequeña radio con CD, el tele de tubo y los pulpitos fritos de Laura, la mamá de los chicos.

El balneario también fue lugar del accidente en donde me fisuré el brazo izquierdo. Los hechos fueron los siguientes: Con Nacho agarramos la bicicleta vieja de Walter, su papá: De color amarillo, de esas que tienen guardabarros de chapa. Tuvimos la excelente idea de arrojarnos a toda velocidad por “la bajada de los Pulperos” que era un desnivel de tierra que iba hacia los caseríos humildísimos de los pescadores de pulpos; una “U” mortal que tentaba a cualquier pibe a imaginarla como una gran rampa que lo impulsara hacia la estratosfera. La cosa fue así: Primero pedaleó Nacho, que siempre fue hábil, un pendejo de goma. Tomó velocidad y llegó casi hasta la cima del otro lado. Volvió y me entregó el chaperío de dos ruedas entusiasmado, garantizando una experiencia increíble. Bueno, la cosa es que me lancé y gradualmente, a medida que aumentaba la velocidad (no era necesario pedalear, la gravedad hacía el trabajo) empecé a perder el control del manubrio: Comenzó a vibrar con violencia y a describir curvas peligrosas. Intenté alcanzar los frenos que, de repente, se hicieron lejanos y complicados de accionar. Temía que si aflojaba mi firmeza en las manoplas todo iba a irse al demonio en segundos, así que decidí intentar llegar hasta la cima manteniendo firme los fierros. Pero claramente es algo que no pude lograr. La bicicleta se transformó en un par de esquíes de montaña, haciendo zig zags inestables a toda velocidad y en pendiente. De repente no pude controlarlo más: El manubrio se dobló a 180° y salí catapultado hacía adelante, caí no sé cómo y la bicicleta cayó con todo impulso sobre mi brazo. Nacho, desde arriba, empezó a bajar al trote. Yo me aparecí como un dibujito animado por entre la nube de tierra y polvo, con la cara blanca de arcilla excepto por un hilo de sangre que salía desde una fosa nasal. Mi amigo quería ayudarme, pero le atacó una risa que lo hacía doblar.

La pasábamos bien, no importa cómo. A veces nos entreteníamos dándole de comer a los cangrejos mejillones molidos y jugando con esos bichos corales de muchos tentáculos, arrimándole un dedo para ver cómo se cerraban de repente. Una vez encontramos un cajón de plástico grande, de los que utilizan los barcos pesqueros para poner a las presas ahí. Nos poníamos dentro y nos deslizábamos por los médanos (y le pusimos nombre: “Rusa”, porque lo que hacíamos se asemejaba a una montaña rusa en nuestra imaginación). Cuando estuvimos más grandecitos los chicos se consiguieron una tabla de sandboard, que es como el snowboard pero en la arena. Le metíamos cera en la base y nos tirábamos desde las cimas de las montañas de arena (yo me arrojaba sentado arriba, siempre fui medio cagón). Nacho una vez tiró a la mierda una porción de vereda que estaba suspendida por refacción: El cemento de un metro y medio de largo estaba en el aire, por encima de la arena. Fue divertido ver a mi amigo saltarle encima y armar un pequeño caos.

Nos íbamos caminando hasta las Piedras Coloradas, que eran como una península lejana de la bahía. En esa época sólo estaban las piedras, hoy tiene muchas construcciones y civilización. Walter nos fue a buscar una vuelta porque habíamos tardado más de la cuenta en volver, nos cagó a pedo.

Hoy el balneario dejó de ser la joya dorada de antes. Los que éramos habitués, ahora preferimos ir a principios de primavera o cuando el verano se va despidiendo; o directamente a La Boca, una playa más cercana que tiene un atractivo místico que merece otra historia aparte. Lo que me cuentan es que todos los veranos se ha vuelto un caos. Muchos extranjeros de otras provincias vieron el potencial y han hecho negocios inmobiliarios desproporcionados. Las playas ya no se disfrutan: Un humane al lado de otre, podemos oler los bronceadores de todos y las sombrillas están encajadas en culos ajenos.

Pero cuánto agradecimiento tengo a aquellos veranos de risa, de quemaduras ardientes de espalda, de primeras atracciones hacia el sexo opuesto y de noches en los fichines. Hoy seguimos disfrutando de ese lugar, cambiado, en el mismo departamento cada vez que activamos. Y volver se siente como acostarse en la cama propia después de mucho tiempo, una tibieza de lindos recuerdos, de juventud, de amistad y de un mundo tan lejano a esta pandemia que... madre mía.

domingo, 30 de diciembre de 2018

El acróbata

Existe en el barrio una estructura que supera en altura a los monoblocks. Se alza atento y vigilante en la esquina de Milanesio y Contín, frente a la plaza, y es tan viejo como el barrio mismo. Es una central de bombeo de agua potable que provee al AMEL pero es mejor conocida por todos como “El Tanque”.

Fue otro centro de actividades a la hora de la siesta. Sin embargo El Tanque suponía unos juegos arriesgados de equilibrio y demostraciones de habilidad; era como un circo cilíndrico donde ocurrieron hazañas que quitaban el aliento, reuniones secretas y algunas peleas con vecinos adultos. Con los muchachos subíamos esos escalones hacía la infranqueable puerta de hierro que salvaguardaba a una bomba zumbante dentro. En lo personal jamás pude ver lo que había ahí, estaba muy oscuro, y eso hacía que mi imaginación se tome la libertad de crear un espacio absurdo donde estaba incluído un ermitaño mudo y ciego, guardián del sagrado motor bombeador.

Al subir la entrada de peldaños de cemento nos movíamos hacia los escuetos bordes de la gran atalaya de hormigón. Teníamos que estar bien pegados a las paredes porque el abismo de dos metros al suelo podía ser mortal. La prueba inicial, que era una especie de “saludo al Tanque”, era darle toda la vuelta partiendo hacia la derecha, agarrándose de los fierros de la escalera que iba hacia la cumbre.

Ah, si, la escalera. Siempre la observábamos maravillados pero con un profundo respeto. Estaba ahí, siempre tentándonos a arrancar la escalada hacia las nubes… pero un temor racional nos impedía el ascenso. La escalera tenía una jaula que acompañaba todo el trayecto, pero realmente no significaba un artilugio a la seguridad, creo que solamente, en una eventual caída, nos transformaría en una pelotita de pinball que rebotaría en cada fierro hasta estampillarse en el suelo hecho un muñeco de trapo.

Un día pasó algo extraordinario. Un forastero fue el primer y único muchacho con la valentía suficiente como para subir la escalera. Estábamos reunidos en la plaza, quizá luego de jugar al rugby o a la pelea o a un béisbol sin reglas claras, y este muchacho estaba ahí junto a otros amigos de él. En comparación a los del Bancario, nosotros sí le dábamos la bienvenida a gentes de otros países lejanos.

- Che, ¿sabían que Maxi puede subir hasta arriba del Tanque? - nos dijo Claudio cuando nuestro grupo y el visitante se arrimaron -
- ¿De verdad? - varios al unísono le consultamos asombrados a Maxi -
- Si, de una – nos dijo él sin mirarnos, sacando un encendedor del bolsillo y prendiéndose un pucho a pesar de que rondaba nuestra edad -

El sujeto fue de esos que demostraban una rudeza palpable, una curtiembre y gallardía admirables en esa época, era como un Martín Fierro púber. Pero no usaba su comportamiento como el típico bravucón o abusador sin cerebro, sino que el pibe era simpático, compañero y hasta solidario. Él y sus amigos orgullosos venían del Guido, un barrio humilde muy cerca del nuestro.

- ¿Quieren que les muestre? - nos preguntó, soplando el humo -

De verdad es que queríamos ver la hazaña, pero no queríamos que se matase intentándolo. No dijimos nada. Los alfiles, es decir sus fieles amigos, fueron los que lo animaron a que lo haga una vez más (al parecer), casi como para dar una muestra de la sangre intrépida e impulsiva de los del Guido. Maxi dio una pitada más, lanzó el humo, dejó caer el cigarrillo y lo pisó. Empezó a caminar derecho hacia la gran atalaya, como si fuera a un kiosco a comprar un juguito congelado.

Ya nos quedamos sin aire al observarlo subir por la escalera de fierro vertical. “Se va a matar y lo vamos a ver”. Ya empezaba a imaginar el alboroto y el drama de una posible tragedia, nunca pude evitar anticiparme a casi todo. El tipo llegó hasta un nivel antes de la cima que eran unas especies de vigas que rodeaban el círculo del tanque que se unían con las columnas. Ahí realizó su primer acto: Moverse, ¡casi corriendo!, por esas vigas. No tenía sentido del vértigo en absoluto. Sin darnos cuenta nos cubrimos las bocas y nos agarrábamos los pelos. Luego de un par de vueltas en ese frenético circuito, Maxi subió hacia la cima, se sentó en el borde y nos saludó.

- Es un hijo de puta.
- Zarpado.
- ¿Cómo hace?

Nos escuchamos decir sin apartar la mirada de la punta del tanque.

Las actuaciones de Maxi continuaron por el barrio y creo que terminaron cuando se rompió el brazo en uno de sus actos: Se subió al travesaño de las hamacas y caminó hasta que un resbalón le provocó una precipitada caída hacia el suelo de piedritas. Estoy seguro que fue capaz de hacer eso sin caerse en algún intento anterior, siempre daba la impresión de que ensayaba antes, su seguridad daba pie a ese pensamiento. Pero quién sabe.

No volvimos a ver al acróbata desde entonces y luego de tremenda demostración de huevos bien puestos el Tanque no parecía tan alto como antes.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Sobre el comienzo de una guerra

Pusimos en evidencia ese instinto tan humano de venganza. Y lo hicimos casi sin dudar.

Habíamos construído una formidable choza en la frontera norte del barrio; nos había llevado varias siestas concluirla y era un proyecto que nos daba orgullo, nos unía y, sobre todo, nos entretenía idear recovecos, métodos de escape, posiciones de vigilancia, rincones secretos para almacenar pequeños tesoros. Pero un día, seguramente caluroso, llegamos al fuerte para descubrir que había sido invadido, desmantelado y saqueado. La decepción fue grande y se sintió una injusticia que nos hervía la sangre.
Nos sentamos entre los escombros de ramas y cascotes debatiendo sobre quién o quienes podrían ser los responsables de semejante acto de guerra. Claudio, el cartógrafo del grupo que conocía todas las calles y a la mayoría de los habitantes del barrio, no lo dudó:

- Fueron los del Bancario – dijo -

El Bancario: Una zona hostil, otra patria. Habitada por personas con un sentido de pertenencia agudo, celosa de sus territorios y desconfiada de los forasteros. Era un barrio más nuevo que el nuestro, más denso y hermético.

- Si, fueron ellos. - dijo César, nuestro bérseker al que todos temían su furia, incluso nosotros-
- Sé que tienen su propia choza, está en el baldío, entre nuestro barrio y el de ellos – dijo Agustín, nuestro escurridizo estratega que apretó sus puños-
- Ya está, no se discute más. Se la hacemos mierda. - Claudio se levantó y tomó una rama-
El resto lo imitó.

Paso a relatar, según los archivos de mi memoria, lo sucedido en esa incursión a la hora de la siesta. Yo iba por detrás del grupo, sin disimular mi condición de cobarde diplomático.

- ¿Están seguros, che? - dije intentando igualar la marcha -
- Obvio, ellos se lo buscaron – afirmó Guille, hermano mayor de Agustín, quien era un bardo con mucha iniciativa al diálogo pero que ese día había abandonado la idea de cualquier tratado de paz -
Nos detuvimos en una esquina del baldío, agachados intentando localizar al enemigo.
- Allá, – señaló Agustín – frente a la escuela.
Entre yuyos y claros de tierra agrietada apenas se dejaba ver: Un pequeño montículo de chapas y ramas.
- ¿Esa es? ¿Tan chica? Una cagada – dijo César -
- OK, vamos, parece que no hay nadie – Guille avanzó y lo seguimos detrás -
Fuimos avanzando poco a poco, vigilando la vanguardia y más precisamente en dirección al Bancario.
- Forros, hicieron esta choza prácticamente en nuestro barrio – afirmó Agustín susurrando -
Guardamos silencio al llegar, esperando oír alguna voz dentro pero todo estaba en silencio. Noté que el puesto de avanzada era chato y me lo imaginé incómodo por dentro. Eso fue hasta que Agustín levantó una chapa y entró.

- Wow – dijo, y con eso nos metimos todos adentro -

¡Era un búnker! Habían excavado por lo menos metro y medio y dentro había chucherías y herramientas. También algunas armas como ramas de gran calibre, cascotes de fragmentación y algo muy preciado que no dudamos en saquear: ¡explosivos! Petardos de estruendo nuevos. Estaban muy confiados en que nadie excepto ellos ingresarían al búnker, porque dejar semejante tesoro sin vigilancia era algo muy jugado.
Nos sentamos unos minutos, admirando con cierta celosía el ingenio bancario. Habían tallado en las paredes de tierra firme unos estantes y pequeños espacios de almacenamiento. Quizá fueron esos los tiempos en donde Agustín se inspiró para luego, muchos años adelante, convertirse en el arquitecto que es hoy.

- ¿Qué vamos a hacer? - pregunté mientras vigilaba por una rendija -
Hubo unos segundos de silencio. Guille lo rompió.
- Sería una lástima destruirlo todo. ¿Y si nos la quedamos?
- No, ellos hicieron bosta la nuestra. Que se vayan a la mierda.

Diciendo esto, Claudio se levantó y sistemáticamente empezó a tirar y destruir los estantes de tierra con un palo. César salió afuera y empezó a desmantelar el techo de chapa. Agustín a patear trastos, Guille a revolear lo que se le cruce y yo… hacía de campana.
Cuando la venganza estuvo concretada nos retiramos, riéndonos y repasando cada acción realizada.
A la siesta siguiente decidimos encarar la reconstrucción de nuestra querida choza original, aplicando algunos diseños que vimos en el búnker bancario. Inevitablemente pasábamos cerca del territorio del búnker. Estábamos enfrascados en nuestros planes para la nueva construcción hasta que un grito nos interrumpió.

- ¡Hey! ¡Ustedes!

Nos dimos vuelta hacia el baldío y ahí estaban: Un caudillo y sus tropas detrás. Bancarios, sin dudas. César se puso al frente, lo siguió su primo por detrás. Las cosas se iban a poner feas.

- ¿Ustedes nos rompieron la choza? - gritó el caudillo con un nombre gringo que no recuerdo, señalando las ruinas con un dedo acusador y en la otra mano un cascote -
- Si, fuimos nosotros. ¿Algún problema? Ustedes destruyeron la nuestra – dijo con la calma que precede a la tormenta bérseker nuestro amigo César -
- Estaba en nuestro territorio. Todo esto es del Bancario – se excuso el aparente líder bancario-
- Podríamos decir lo mismo nosotros – dijo Guille cruzándose de brazos -
Los soldados bancarienses fueron avanzando lentamente, muchos de ellos agarrando piedras en el camino. Los hermanos Agustín y Guille manotearon sus piedras. Claudio hizo lo mismo y a mí se me erizó la piel. “Carajo”, pensé.

Todo se estaba por ir al demonio en una proporción en donde seguramente algo de sangre correría. Y esto iba a significar unas penitencias extraordinariamente duras de parte de padres y definitivamente una enemistad eterna, sin posibilidades de tratados de cese al fuego ni nada parecido. Se avecinaba una guerra, una intolerancia tal entre los habitantes de nuestros barrios que solo el hecho de cruzarnos por casualidad en algún otro punto de la ciudad significaría miradas furtivas de odio, promesas de escarmiento, trompadas sin piedad, insultos de máxima jerarquía o todo eso junto.

La guerra estaba por comenzar con la primera de varias batallas. Ese día fue conocido como “El día que llovieron piedras”. Y ese registro es para otro día.